Isla Juliana I (Cartagena)
Otoniel busca entre la escarcha pequeños maderos para prepararse un ataúd donde quepan él y su rutina, él y su temor, su hambre y él, su dios y nadie más que su dios solo y solo Otoniel tiene la mesa revuelta, llena de papeles y estrellas mojadas por las olas donde las ratas pasean su ventrilocuencia, su exactitud de naufragio. Entre los golpes del viento un aliento de mujer vertida en saxo demanda los despojos de Otoniel, como si quisiera atraerlo hacia sí, como si de una nota bien ejecutada dependiera la tibieza del ataúd con que siempre ha soñado.
II (Islas del Rosario) Tomados de la mano no son menos mortales que una gota de sal. Los pelícanos flotan sobre las olas. Ellos flotan sobre la tierra. No es fácil dedicarse a unos labios coralinos, uno se enreda como en una ola, uno se escapa y se queda mirando a la muerte con melancolía. Otoniel lleva algo en sus dedos antiguos: No es aquel fusil que le ensució la sangre, no es el lápiz con que fundara el estropicio del miedo, no es el moho de las rejas que le pintó la risa… Es una mano blanca como el pecado y como el pecado él la toma y le muestra su profunda y palpitante herida.
III (Palenque) Al amor de un negro renunció A su virginidad A su isla de quietud y a sus dominios sobre sí misma Otoniel es un fantasma venenoso A él no pretende renunciar Y por eso lo maldice Para Juliana, agradeciendo su flor inolvidable. De: Canción Enferma
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